DE LA LIBANIZACIÓN DE ARGENTINA A LA ARGENTINIZACIÓN DEL LÍBANO

 

  Artículo publicado en exclusiva para la Unión Cultural Argentino Libanesa Filial Mendoza.





En abril de 1984, el presidente argentino Raúl Alfonsín, tuvo su primera crisis gubernamental tras asumir tan solo cuatro meses antes como el primer presidente constitucional después de un largo y oscuro periodo de suspensión de la constitución y representación legítima y legal de la sociedad en el gobierno. En sus declaraciones, y refiriéndose a la crisis, explicó los riesgos que corría la República Argentina advirtiendo: “o levantamos las banderas nacionales u otros levantarán en nuestra nación banderas que no son las nuestras, como ha pasado en el Líbano”[1]. Algunos periodistas, comenzaron a hacer circular la noción de que el Doctor Alfonsín hablaba de la posibilidad de la “Libanización” de Argentina.

Como politólogo y minucioso observador de la historia y realidad libanesa, yo hubiera utilizado un término más apropiado ya que lo que estaba pasando en el Líbano, no era una situación inherente a la particularidad libanesa sino precisamente lo contrario. La desvirtuación y destrucción deliberada de las instituciones libanesas, el intervencionismo y ocupación extranjera, la usurpación de las milicias de la vida política y la persistente y poderosa presencia de ideologías contrarias a su identidad y destino como Nación, estaban destruyendo la fibra social, de coexistencia, pluralismo multicultural y libertad individual que constituían la Identidad Libanesa y, en realidad, lo que estaba ocurriendo era la “des libanización” del país, y eso es precisamente lo que el presidente argentino quería evitar para su propio país: o sea, la posibilidad de una “des argentinización”

Acercándonos a tiempos más recientes en el Líbano, inmediatamente anteriores a la calamitosa explosión del 4 de agosto de 2020 en el puerto de Beirut, el país estaba sumido en una severa crisis multifacética que abarcaba: un inexorable deterioro de las instituciones políticas, una descontrolada crisis fiscal provocada por la pésima administración de los recursos del estado, y que termina eclosionando en una profunda crisis social como consecuencia de la destrucción de la economía y el sistema financiero. La causa de ello se debe a que el Banco Central libanés era el principal financista del estado y utilizó indebidamente los depósitos del sistema bancario privado para cubrir esas gigantescas necesidades fiscales, vaciando el sistema financiero de recursos e impidiendo que los depositantes retiren sus propios fondos porque los bancos, en definitiva, se habían confabulado para financiar la voracidad y dilapidación estatal de recursos con el dinero de los ahorristas. 

El gobierno declaró el default de su deuda pública y los bancos establecen, por decisión propia, un sistema de “corralito” privado impidiendo que los depositantes retiren sus depósitos en dólares, y a cambio les permitían solo retiros ínfimos o a un valor en liras libanesas devaluado (a 3750 liras por dólar) respecto a la cotización oficial que desde 1997 se había mantenido fija en 1508 liras por dólar, mientras que el cambio “paralelo” (o mercado no oficial) se cotizaba alrededor a 8000 liras por dólar. Así fue como en el Líbano comenzaba a hablarse de la “argentinización” del país.

Independientemente de la utilización apropiada o no de los términos en cada caso, y con la salvedad de que, en el caso del Líbano, la intromisión y participación determinante de actores foráneos constituyen una variable fundamental de sus problemas nacionales, y reconociendo que también en Argentina hay un sector político que siempre destaca la culpabilidad de los problemas argentinos en los rapaces explotadores prestamistas internacionales que subyugan al país, es notoria la coincidencia de los factores internos que llevaron a ambos países a sus crisis económicas y sociales.

La situación económica del Líbano de 2019/ 2020 tiene una asombrosa semejanza con la Argentina del 2001/2002 y con numerosas variables en común: un tipo de cambio fijo, sobrevaluación de la moneda, rigideces económicas, política fiscal inapropiada, shocks externos, endeudamiento en moneda extranjera a gran escala seguido de una reducción repentina en los ingresos de capital y la utilización de los depósitos en el sistema bancario para intentar resolver ese desfasaje.

Si nos concentramos en las causas inherentes a la cuestión política, también hallaremos elementos de sorprendente semejanza: utilización del aparato estatal para beneficios de la clase política (clientelismo, corrupción desenfrenada, malversación de fondos en empresas estatales, obra pública asignada a amigos del poder que aseguran un retorno a los gobernantes de turno), y más allá de las diferencias entre los sistemas políticos, las coincidencias no dejan de resaltar el verdadero origen del problema común a ambos países.

En el Líbano, la coparticipación política del modelo confesional se convirtió en un loteamiento de la administración de los recursos del estado entre los partidos que asumieron representación sectaria y participan en el esquema de “reparto de poder” con ministerios controlados por diferentes partidos. En Argentina, la abultada carga fiscal de un estado que no para de incrementar sus gastos y la coparticipación económica federal se transformó en un sistema de control de los recursos por parte del gobierno central para “dosificar” y recompensar a los gobernadores fieles y sumisos y castigar a los opositores. El objetivo fue similar: utilización de los fondos del estado para beneficio de quienes lo gerencian, ya sea de manera directa o indirecta (utilización partidaria del erario estatal)

La “sectarianización” libanesa (cada grupo o partido se auto adjudica la representación de una comunidad religiosa y se convierte en el administrador de sus beneficios), tiene su correlación con la “sectorialización” argentina (los gobernantes de turno se consideran legítimos representantes de una clase o sector social al que controlan y clientelizan con subsidios o beneficios especiales) y en ambos casos, la corrupción y apropiación del aparato estatal para obtener beneficios económicos, políticos y electorales y se contraponen abiertamente al interés común de los ciudadanos que ven reducidos o desmantelados los beneficios y servicios que el estado supuestamente debería garantizarles en contrapartida al pago de sus impuestos y contribuciones. Mientras esto ocurre y el rol del estado se desvirtúa, un notable grupo de funcionarios públicos se vuelven inexplicablemente más ricos y poderosos.

El costo de mantener el estado se amplía más allá de sus posibilidades, y se necesita de mayor recaudación, endeudamiento o emisión para sostenerlo y así producen primero el desfasaje y más tarde el quiebre del sistema, asegurándose la clase política su propia supervivencia y mantenimiento de privilegios y estructuras corruptas y destructivas.

No es casual de que el “que se vayan todos” del 2002 en Argentina se replicara (en árabe) en el Líbano del 2020: “kelon iani kelon” (todos quiere decir todos).

Tampoco es casual que ambos países hayan sufrido “accidentes” absolutamente evitables y prevenibles como fueron la denominada “tragedia de Once” en el 2012 en Buenos Aires y la trágica “explosión en el Puerto de Beirut” del 4 de agosto pasado. En ambas situaciones, salvando la diferencia de dimensión, teniendo en cuenta que la última destruyó una gran parte de la capital libanesa, la responsabilidad en las dos situaciones recae en la inacción, inoperancia, desidia e incumplimiento del deber público de los funcionarios de gobierno desde el más bajo escalafón hasta la cúpula misma del poder estatal. En uno y otro caso, la población sufrió la consecuencia de la putrefacción política y la conclusión de la gente fue similar: “la corrupción mata”. La inacción o indolencia de parte del estado también fue muy similar, ya que los políticos se preocuparon mas por deslindar responsabilidades, inculpar a otros o simplemente eludir, dilatar o paralizar la intervención de la justicia ante claros hechos de negligencia criminal.

En  definitiva, a pesar de que los países son muy diferentes en su composición, historia, sistemas políticos y económicos, existe entre ellos una conexión palpable en cuanto a sus problemas de la actualidad: una clase política incapaz y corrupta, que procura proteger sus propios intereses por sobre los de la Nación y de la población, utilización y manipulación de una supuesta “grieta” que en Argentina sería ideológica y en el Líbano es confesional, para disimular y ocultar las falencias de la administración y gestión pública, tanto cuando se alternan en el  gobierno los diferentes actores en pugna o cuando comparten y se reparten el poder estatal.

Ni hablar de los grupos “subestatales” que colocan su impronta ideológica y manejan la agenda de los partidos gobernantes, controlando o imponiendo condiciones sobre la autoridad máxima de la República. En el caso del Líbano, se llega al extremo de la existencia de una milicia armada ilegal como Hezbollah que impuso su candidato a presidente (Michel Aoun) y ejerce su voluntad por la amenaza de la fuerza. En Argentina, coincidentemente también un sector ideológico con historia de violencia y notorios intentos de subvertir las instituciones republicanas también decidieron la candidatura presidencial, (Alberto Fernández) y aunque guardan mejor las apariencias y son sutilmente más discretos en el control que ejercen sobre el estado, esta claro quien maneja y decide en el país.

Mientras los periodistas de uno otro lado buscaron analizar la crisis utilizando términos de “libanización” o “argentinización” que los llevan a buscar justificación de sus problemas locales en tierras lejanas, la explicación es tanto más sencilla como autóctona, y es que lo que ocurre en ambos países es similar aunque en sus diferentes contextos, y la verdadera desgracia de mis dos patrias es que ambas se están desnaturalizando por la actitud, ineptitud y perversidad de sus dirigentes políticos, la polarización extrema, la presencia de actores que desestabilizan deliberadamente a la Nación para imponer sus objetivos particulares, y que nos ofrecen este triste espectáculo que es nada más y nada menos que la des argentinización de Argentina y des libanización del Líbano. 

 



[1] Discurso pronunciado por el presidente Raúl Alfonsín el 24 de abril de 1984, durante la celebración del Primer Centenario de la Ciudad de Tres Arroyos, Provincia de Buenos Aires, Argentina.

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